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MADRID, NUEVO MÉXICO

El personaje
 
Marshal Len: un hombre con estrella
 

Lo conocimos en el bar, su casa adoptiva en los ratos en que no está descansando en su furgoneta Volkswagen, su verdadera casa. Visto que aquí no hay alcalde a quien clavarle un pin del oso y el madroño en la solapa, el legendario Marshal Len es lo más parecido a una autoridad en el lugar, si es que estos madroids, y su alergia crónica a las autoridades, nos permiten el término.

 

Su trabajo de vigilante del pueblo (marshal) consiste en poner paz, aunque ésta, tratándose de hippies entrados en años, no suela faltar. “Me ocupo de que no pase nada raro y de que no haya armas: en realidad me dan más guerra los perros del pueblo que la gente”, dice con una sonrisa contagiosa. “Es un lugar tranquilo; no tenemos señales de stop, ni Kentucky Fried Chicken. Es un buen sitio”.

 

Llegó a Madrid por primera vez en 1947 cuando los días de la mina estaban contados. También los de su tío, que murió dentro. Por aquella época Marshal Len cambió Madrid por Texas y volvió en 1960. “Me encontré una ciudad desierta. Sólo había tres personas: el guarda de la ciudad, que se pasaba el día borracho, su mujer y su hijo”. Viendo el panorama, volvió a cambiar de aires y cuando regresó años más tarde, “la ciudad había resucitado, como Lázaro”. En 2007, con setenta y cinco primaveras, posó como su madre le trajo al mundo para un calendario de madroids maduros. En la instantánea sólo un pañuelo, unas botas de cowboy y un sombrero que levita meritoriamente a media altura le distinguen del uniforme que llevaba el día de su nacimiento.

 

Cuesta decidir qué le gusta más a este símbolo viviente, simpático y bigotudo de la ciudad: si los toros o la cerveza Coronita. A los primeros les ha dedicado gran parte de su vida, ejerciendo de cowboy en Houston. Su pasión son los rodeos, pero también conoce los toros a la usanza española. Él mismo nos da la noticia de que hace pocas horas acaba de morir un joven madrileñon en los encierros de San Fermín. Nos consta que Marshal Len fundiría a fuego lento las cinco puntas de su estrella por ver una corrida en Las Ventas.

 

Su ritual cervecero – que nos invitó a imitar – consiste en beberse una Coronita tras lamer el cuello de la botella cubierto de sal y comerse una rajita de limón. Calculo por su ritmo que se cena un limón entero cada noche.

 
   

 

 

 

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