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MADRID, NUEVO MÉXICO

Hoy
 
“Lo único que no toleramos es la intolerancia”
 

Me dice un hombre, primero, y una mujer, pocas horas después, en dos rincones distintos de Madrid. Intuyo que estoy ante el lema acuñado por esta comunidad de galeristas de arte, idealistas, escultores, pintores, bomberos voluntarios, turistas, hippies con canas, veteranos de la guerra de Vietnam, historiadores, taberneras arrogantes, filósofos sin certificado, amantes y ex novios de las drogas, bailarines retirados, ácratas, miembros de comunas sin techo, nostálgicos de una vida estilo ‘Easy rider’, mentes diluidas en botellas de whisky, y personas cultas, sensibles, conversadores ocurrentes con un inglés nítido y elaborado, de quienes usted desearía que su hijo aprendiese inglés si no le incomoda que sus palabras, agudas y anticonvencionales, salgan de un bosque de barbas blancas, desaliñadas y longevas que jamás saldrán en las revistas de moda.

 

Madrid se encuentra entre las Montañas Ortiz y las colinas de Cerrillos, y es atravesado por la carretera 14 que une y separa Santa Fe de Albuquerque, en pleno corazón del recorrido turístico Turquoise Trail (Camino turquesa). En esta comunidad viven hoy unas 400 personas en casas traídas desde Kansas, por mitades, y asembladas hacia 1890 sobre este territorio árido y bajo un sol de justicia.

 

Oficialmente Madrid no es un pueblo, menos aún una ciudad. Se trata más bien de una comunidad que no pertenece sobre la carta a ninguna municipalidad del estado de Nuevo México. Dicho de otra manera, Madrid va por libre, como nos explica didácticamente Waz McDaniel, antiguo encargado del museo de la ciudad: “¿Para qué sirve un miserable gobierno en un pequeño lugar como éste? Para mover la mierda, dividir a la gente y cobrarte por ello. Nada que necesitemos.”

 

Para asuntos importantes como la gestión del agua, este puñado de “madroids” – así suena el original gentilicio del lugar – ha creado una cooperativa. No tienen, ni quieren, ni dicen necesitar, policía, y para apagar los fuegos cuentan con un equipo voluntario de bomberos que incluye a lo mejorcito del lugar, desde barbudos con mirada sentimental hasta adolescentes tocados por una pronta vocación ignífuga.

 

En los locales de Madrid se oyen frases lapidarias pronunciadas por voces roncas, carcajadas con tos crónica, y relatos a viva voz sobre los días en que jóvenes llegados de todo el país comenzaron una nueva vida aquí. Los ‘madroids’ se borran los apellidos porque suenan a etiqueta impuesta por el mundo deshumanizante y materialista que les rodea y del que huyen a toda costa. Quizá por ese rechazo al lobo feroz que encuentran en el hombre moderno, los madroids veneran a sus perros, como avisa el cartel a la entrada del pueblo (“Slow, dogs in town”) y hasta prometen haber tenido uno como alcalde.

 

Viven por voluntad propia en una especie de comuna al aire libre, de humareda espiritual en las antípodas de la sociedad de consumo. Quizá por ello reaccionen frente al forastero de manera hosca, indiferente o amable, según les sepa el café de la mañana. Un partidario notable del último grupo es Sky Fabin, un hombre entrañable que nos abraza antes, durante y después de la entrevista en el Java Café, el punto de encuentro por excelencia de Madrid. Nos regala varios eslóganes propios de pensador perspicaz, fruto de años de meditación creativa sobre el experimento de convivencia libre y alternativa que representa Madrid, y que ha reflejado en una trilogía de películas de miras largas y presupuesto bajo. “Llegué aquí en 1975 buscando libertad. América: tierra de la libertad, ¿no? Pues vine buscando libertad en la América de Nixon y es aquí donde la encontré. Es un lugar especial, distinto a cualquier sitio que hayas visto antes”.

 

Tan distinto, explica Sky, que “gracias a Dios aquí no hay religión”. Prueba de ello es que la antigua iglesia del pueblo es hoy una casa fashion en propiedad de un periodista de Los Angeles Times.

 

 

 
   

 

 

 

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